La ventana de la cárcel

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Imágenes de archivo

Christian Gómez Calcerrada | Cuando pensamos en una cárcel lo último que nos imaginamos son sus ventanas. Para los que estamos fuera de ella, y para los que nunca han pisado una, la cárcel es un sitio dónde van los criminales. Un sitio que nunca querríamos pisar. Para los que están dentro de la cárcel, o para los que han tenido la oportunidad de pisar una durante unas horas pasa a ser otra cosa. He dicho oportunidad, sí señor. Creo que estar dentro de una cárcel durante unas horas, durante varios días, es una experiencia que todos deberíamos vivir. Se aprende a valorar todo lo que tienes fuera, y a desconfiar, desconfiar de todo.

La ventana de la cárcel no es ese rectángulo que los presos tienen el lujo de tener en sus celdas. En cierta cárcel hay una ventana mucho más grande, que pude visitar. Como estudiante de periodismo se me dio la oportunidad de hacer prácticas en la radio de la cárcel. Curiosamente en aquellas prácticas de lo que menos aprendí fue de radio.

Tras atravesar varias puertas, cada una con su correspondiente funcionario que la abre, se accede a la radio de la cárcel. Para pasar al pequeño estudio de radio  hay que atravesar los pasillos que llevan a los módulos dónde están los presos. La referencias cinematográficas son inevitables. Si se mira a los pasillos de los módulos se puede observar  a los presos apoyados en la pared, al más puro estilo película americana. La mirada desafiante de los presos, el silencio de los pasillos, las miradas de los “internos” que se cruzan imponen. Todo el edificio en sí impone. El ambiente que hay allí dentro invita a la desconfianza, a no fiarse ni de la sombra de uno mismo.

Eso es precisamente lo primero que aclaran los internos al llegar a la radio de la cárcel, que no son internos. Ellos se llaman presos a sí mismos, y aclaran que eso de internos es cosa de los funcionarios. Es ahí dónde queda clara la diferencia abismal que hay entre los funcionarios y los presos en las cárceles. Pese a convivir juntos en gran parte de su día a día la relación funcionario-preso es más que tirante. Los unos desconfían de los otros y viceversa.

No es de extrañar que exista esa desconfianza, ya que con estar allí pocas horas se puede comprobar que los límites de lo que les está permitido a ambos están poco definidos allí dentro. Los presos tiene mucha más libertad en ese pequeño y anticuado estudio de radio. Comen cuanto quieren de la cafetería, fuman en el patio del estudio de radio, hacen realmente lo que quieren, son sus horas de libertad al día, de ahí que esté tan solicitado el taller de radio y sea tan difícil acceder a él.

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Micrófono Cadena Ser

Por otra parte los funcionarios resultan no ser lo que ellos quieren pintar. Como visitantes no presenciamos más que la mera cordialidad que quieren transmitir, pero los presos no cuentan eso, cuentan que todo va mucho más allá. Los presos resultan ser personas muy sinceras. Que cuenten tanto el primer día de radio resulta extraño, pero deja de serlo si se piensa que están allí encerrados 24 horas al día, con el mismo ambiente y las mismas personas. No es de extrañar que al ver a alguien nuevo se abran de par en par y nos cuenten todas sus quejas acerca de los funcionarios y las cárceles.

Funcionarios que venden a precios desorbitados móviles, demás objetos y sustancias prohibidas dentro de la cárcel (que luego confiscan en inspecciones a las habitaciones de los presos), mejores condiciones para ciertos presos, ciertos privilegios… Estas son sólo algunas de las quejas que tienen los “internos”. En sus palabras se puede ver verdadera indignación, aunque también afirman no poder hacer nada ante todas esas irregularidades. Cuentan que lo único que pueden hacer es asumir las irregularidades, intentar no salir perjudicado de ellas, y esperar a que acabe pronto su condena.

Pese a haber  cometido delitos, los presos son personas de carne y hueso, con un chándal y una camiseta en lugar del uniforme y la bola de los Dalton a los que estamos acostumbrados. Nos cuentan cómo es la situación con su familia, cómo son los famosos vis a vis, lo solos que se sienten allí dentro, o lo felices que pueden llegar a ser cuando les dan un permiso para salir durante unos días. Hay un preso que admite haber destrozado a su familia por su adicción a las drogas y su correspondiente necesidad de consumir, llegando incluso a robar a su propia madre para tener con qué pagarlas. Un relato durísimo de escuchar.

Tampoco tienen problema a la hora de contar los motivos por los que están allí, algunos con orgullo, otros no tanto. La mayoría de los que admiten su delito están allí por tráfico de drogas, falsificaciones, y delitos menores. Alguno que otro deja caer que está allí por algo más. Es curioso cómo allí dentro se crea una mini-sociedad. Entre ellos se discriminan por los delitos que han cometido. Hay rivalidades, e incluso diferentes tipos de escalas en los que están inmersos. “Los del módulo 5 viven mejor que nosotros”, “Ese está aquí por violación, yo no me hablo con él”, “A ese le han caído 20 años por matar a una chica”, “Antes había una mafia a la que tenías que pagar por ducharte”. Las conversaciones con los presos lo dejan claro.

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Imagen de archivo

Allí dentro todo resulta muy curioso. Llama la atención lo despacio que pasa el tiempo, e incluso el nuevo significado que cobra la palabra aburrimiento. Los presos tienen el acceso a las celdas restringido, por lo que se entretienen deambulando por los patios de la cárcel o acudiendo a talleres, como es el caso de la radio. La radio, nos comentan, es el mejor. La cárcel resulta ser menos cárcel dentro de esa ventana, esa distracción que les aporta el taller de radio. Una pena tener que abandonar las prácticas a las pocas semanas de empezar. Sin embargo la experiencia vivida resulta muy interesante. Solemos pensar que convivir en la cárcel es un infierno, que hay que tener miedo a los presos. No hace falta muchas horas en una cárcel para darse cuenta de que se equivocan en lo segundo. No es de los presos de quien hay que tener miedo en una cárcel.

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