De visita, a la cárcel

Foto de archivo

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Adrián Naranjo | Son las 4 de la tarde. Estamos en casa de la familia Ruiz (nombre ficticio), la familia se prepara para ir de visita. Una visita un tanto especial. Maria, la madre de dos niños termina de recoger la cocina. Los dos pequeños de la casa ya están listos. Vestidos como de domingo. Listos todos, nos montamos en el coche y salimos de Coslada. Nos dirigimos dirección Navalcarnero. A la cárcel de Navalcarnero IV. Como cada 15 días, van a la cárcel a visitar al padre.

Durante ese trayecto, de no más de treinta minutos Maria me va contando como se afronta como es vivir siendo madre soltera pero sin ser soltera, ella se hace cargo de todo, de absolutamente de todo de la familia, casa y otros temas. Todos desempleados, y con escasa prestación. Un panorama bastante triste, sin embargo ella lo asume con resignación y con “qué se le va a hacer, como está las cosas hoy en día”. Maria, junto a Nicolás y Elena bajan del coche. Me llama la atención la normalidad y la tranquilidad con la que están y se mueven por las instalaciones del centro penitenciario. Corretean por las explanada de la cárcel como de un parque o zona lúdica se tratase.

Entramos a Regristo, me quedo esperando en la sala de espera y los 3 de la familia van a “acreditarse” para entrar al visita con su padre. A mi me niegan entrar dentro. Me sigue sorprendiendo la familiaridad de los dos hijos de Javier al entorno carcelario que incluso me guían en las instalaciones. Parece que es como su segunda casa. Me quedo asombrado. Como esta familia, hay cuatro mínimo más y más gente que esta entrando al registro. Yo mientras escucho desde la sala de espera los gritos de la funcionaria diciendo “Familia de tal puede pasar”….” familia de tal puede pasar” y así cada cierto tiempo. Después de casi 20 minutos de espera en esa sala tan fría, llaman a la familia Ruiz.

En esos poco más de 30 minutos que dura la visita a mi me da tiempo de alucinar, literalmente de cómo se va llenando la sala de espera antes de la visita de los familiares con los presos, algunas familias entran con bebés. Me conmueve la naturalidad y la tranquilidad con la que estos niños se mueven por ese territorio deleznable y no propicio para todos. Me cuenta funcionarios y trabajadores del centro penitenciario que a los locutorios siempre pueden ir un máximo de cuatro visitantes y siempre deberán acreditarse dejando claro antes su relación de parentesco y que las visitas no duran más de una hora. Al momento, sale María y los niños contentos por volver a ver a su padre después de casi 15 días sin verlo.

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Al salir de allí, de ese entorno un tanto hostil y frío de altos muros y rejas María ya me cuenta el por qué de que su marido esté preso ; hasta ese momento no sabía cual era la razón que le había llevado a que Julián (su marido) lo detuvieran y lo condenaran en 2010. Las drogas y atraco a mano armada estaban detrás, unas malas relaciones de amistad y la desesperación de criar y de intentar asegurar a toda la familia un futuro le llevaron a todo esto. Nadie se lo explica y me asegura que fue un error y que ahora está pagando por ello ‘y punto’. María, como tantas familias asumen y se hace frente de muchos errores que se cometieron en el pasado. Julián, está a punto de salir de prisión y volver con sus hijos y su mujer después de varios años sin compartir momentos con ellos.

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